El arte de resolver conflictos

24/Oct/2011

El País, Domingos, Tomer Urwicz

El arte de resolver conflictos

EL PERSONAJE David Broza, músico israelí, llega a Montevideo con un mensaje de paz. Conoce a Jorge Drexler, a quien define como «un líder por la democracia».
23-10-11
TOMER URWICZ
Es un abanderado de la paz en la zona más caliente del mundo: Medio Oriente. Guitarra al hombro y con las ilusiones intactas de un joven que se crió en un ambiente de activistas por los Derechos Humanos, el cantante israelí David Broza actúa donde siente que su arte se transforma en «un objeto de unión».
La música es una policromía cultural para el músico. Errante por el mundo, fue recolectando los estilos de lugares tan diversos como la vida urbana en Madrid hasta las peripecias en un pueblito rural a las afueras de Manhattan. Encabeza proyectos con palestinos y es el ícono artístico de los indignados israelíes.
Su abuelo, Wellsley Alon, fundó la aldea Nevé Shalom (Oasis de la Paz), un ejemplo de convivencia entre árabes, judíos y cristianos. Las tres religiones monoteístas más influyentes en la civilización occidental confluyen en un templo único, con forma de triángulo y en el cual cada vértice rinde honor a un credo. En esa atmósfera de idealismo y pragmatismo dio sus primeros pasos Broza.
«La música es un instrumento para denunciar y dar paso a los valores democráticos. Uno se puede expresar libremente, cuestionar al gobierno de turno y manifestar aquellos aspectos que siempre hay para mejorar», afirma.
Pero sus dichos no quedan en meras palabras al viento. El próximo miércoles a las 20.30 horas dará un concierto a beneficio en el Teatro Galpón de Montevideo. Hará un salto de Oriente a Occidente para colaborar con un movimiento juvenil judío sionista-socialista uruguayo, Habonim Dror, cuyo cometido radica en el ideal de paz y la entrega de territorios ocupados con el fin de alcanzar un acuerdo.
Viene convencido de que contribuye a una causa: «En la zona inmediata donde vivo, Israel y Palestina, entiendo que una alianza de paz está por llegar. Sé que no se verá el cambio de un día para el otro, pero la gente tiene el poder ahora. La población no se silencia, las revueltas árabes son una demostración», asegura.
Se lo percibe convencido y lo está. Mantiene intacta, hasta casi inocente, la esperanza. Hace una pausa, se siente su respiración, y arremete: «Los tiempos serán el mejor apremio para los gobiernos. Nadie habrá perdido ni nadie ganado, porque ambos se irán doloridos».
Ni vencidos ni vencedores. La carrera de Broza está marcada por el híbrido de estilos que versan entre el flamenco, la música popular israelí y la percusión latina. También es una mixtura de voces, en donde dicen presente sus colegas palestinos.
Su último álbum en castellano, Parking Completo, fue producido por el español Javier Limón en 2004. Se grabó en Jerusalén Oriental, en la zona palestina, y con músicos árabes y judíos. «No hay diferencias entre israelíes y palestinos. No hay gobiernos buenos ni malos. Los representantes deben servir a la gente y muchas veces se equivocan. Los palestinos con los que trabajo tienen mucho valor para querer alcanzar la paz; y yo también», sentencia.
El último tema del disco, Belibí (Mi corazón), es una alianza con el cantante palestino Wissam Murad y con la participación de dos coros de niños, uno por cada lado del conflicto. Ambos artistas recibieron el prestigioso premio estadounidense In Search for Common Ground (En la búsqueda de un terreno común), como reconocimiento por el proyecto.
Sin fronteras. Cuando habla en castellano arrastra un acento típicamente español con el que no puede ocultar su cercanía a la obra de Joan Manuel Serrat, a quien tradujo sus canciones al hebreo, y Paco Ibáñez, su maestro musical y con quien interpretó los poemas de Federico García Lorca.
Jorge Drexler tampoco pasa por alto en la vida del israelí. «Es mi socio y mi conexión a Uruguay», cuenta con una voz contagiada de emoción. Se conocieron en Madrid cuando el Oscar uruguayo iniciaba su despegue artístico.
«El doctor Drexler es algo excepcional y nuestro próximo proyecto conjunto es la vida, porque coincidimos en todo; lo que es complicado», señala y se ríe. Larga la carcajada porque le gusta la confrontación de ideas y, sin decirlo, asume que es su forma de mantener vivo el pensamiento.
En España, Broza y el uruguayo conforman un liderato en la música como pilar de democracia. «Allí no está tan asentada esa cultura y a los compositores les cuesta privilegiar el compromiso social», cuenta.
La calvicie que deja entrever a sus 56 años da cuenta de una trayectoria bien aprovechada. Justifica esa adicción por el trabajo refinado: «Porque al cantar tu verdad la gente apoya, aún cuando no coincidan con tu pensamiento».
Una verdad que nunca será revelada desde la política, sino en cada escenario que el artista pisa, en una plaza con jóvenes abrazados a banderas o en la selección musical de una radio israelí.
«El arte no es una cuestión política, pero sí una demostración de identidad y preocupación social», asegura. Una especie de revolución del alma en donde nadie y todos ganan.
clásicos. En su presentación en Montevideo, ciudad que visita por segunda vez, recorrerá los grandes éxitos de su carrera solista. Será un compilado, a modo de carta presentación, porque lleva editados más de 30 álbumes; cinco de ellos en español.
Reservado y algo misterioso, se anima a adelantar que la canción Together (coescrita con Ramsey McLean), y que se convirtiese en el himno del cincuentenario de Unicef, estará en el repertorio del show.
Compuso ese hit ante la necesidad de reavivar su voz desde la música. «A la hora de tocar, grandes cantantes ponen en primera fila otros argumentos, como los comerciales. Yo coloco a los valores y la ciudadanía por sobre todo»; lo que no quiere decir que deba vivir de lo que hace, o lo que le gusta hacer.
La velada incorporará algunas pinceladas de su último trabajo discográfico, Safa Shlishit (Tercer idioma), cuyas letras están disponibles en castellano en el sitio oficial del artista: www.davidbroza.net. Broza viene con la ilusión de rasquetear su guitarra para que lo escuchen y de paso «dejar las puertas abiertas para conocernos».